HIERRO EN EL ZAPATO

Por que Victoria Villarruel se convirtio en la peor pesadilla de los hermanos Milei, de Patricia Bullrich, de los Menem y de cuanto comunicador libertario aparezca? Que tiene la vicepresidente que parece siempre incomodar a cualquiera que quiera plantar bandera ante ella?

Leonardo Franco

2/24/202612 min read

¿Quién recuerda esos días donde Victoria Villarruel era aclamada, aplaudida y reivindicada como la segunda dirigente de La Libertad Avanza con mayor importancia? ¿Esos cánticos en el Movistar Arena, en Plaza Lezama, toda una ovación de parte de jóvenes libertarios quienes veían en ella “la continuación del proyecto libertario” tras un eventual segundo mandato de Milei? Las primeras interacciones entre Javier y Victoria tuvieron lugar en Twitter, al comienzo del gobierno de Alberto Fernández. Compartían agenda: la cuarentena, la Agenda 2030, la influencia del progresismo en la política argentina y el debate por el conflicto entre grupos terroristas y las Fuerzas Armadas en los años 70. Victoria, con décadas de militancia y trabajo en el área legal, defendiendo víctimas del terrorismo local. Milei, varios años profesando el libre mercado y la excesiva intervención del Estado en todos los ámbitos de la vida pública. Cada uno, por su lado, logró hacerse de una valiosa reputación, recorriendo el mundo y exponiendo en importantes eventos lo que ellos consideraban “la batalla cultural”. Y así fue: ambos se consagraron y, un día, con un “antikirchnerismo” debilitado tras la salida de Macri del Poder Ejecutivo, Victoria y Javier empezaron a formar una relación laboral y de activismo muy importante. El momento cumbre de esa relación se dio cuando Milei decidió participar oficialmente en política, buscando una banca en la Cámara de Diputados. Para ello se predispuso a buscar un compañero de fórmula, ¿y quién mejor para ello que esa ferviente activista “de derecha” que era Villarruel por esos años? El vínculo se mostraba sólido y con futuro, pero conforme avanzaba el debilitamiento del gobierno de Alberto Fernández, el deseo de Milei de disputar la presidencia hizo que los equipos que rodeaban a “La Libertad Avanza” tuvieran que ampliar su cuerpo y empezar a pensar en grande. Es en este punto donde hace su entrada de forma oficial la hermana del presidente, Karina Milei. Desde el inicio se rumoreaba que Karina no veía con buenos ojos a Victoria. Hasta ese momento, todo eran rumores y teorías fugaces. Pero mientras transcurría el tiempo, estos comentarios cobraban más fuerza, ya que Javier le empezó a ceder a su hermana un poder de decisión muy grande dentro del espacio. Incluso con algunas incomodidades de por medio, Milei de igual forma eligió a Villarruel como su compañera de fórmula para la presidencia. La campaña presidencial comenzó y, con ella, las promesas de cara a la sociedad. Una de las más importantes era que Victoria sería la encargada de las áreas de Seguridad y Defensa Nacional, puesto que ella contaba con experiencia y conocimiento sobre esos asuntos. Finalmente esto no sucedió, porque, llegado el balotaje entre Sergio Massa y Javier Milei, La Libertad Avanza comenzó un proceso de negociaciones con la ex candidata Patricia Bullrich para encarar una breve campaña juntos y así impedir un nuevo triunfo kirchnerista en las urnas. Parte de ese negociado incluía ceder las áreas de Seguridad y Defensa a Bullrich y Petri, entonces dirigentes de Juntos por el Cambio, una proveniente del PRO y otro del radicalismo mendocino. Llegado este punto, obviamente algo había cambiado: habían clavado un puñal silencioso a Villarruel, quien había puesto todo su capital político y estructura en un equipo que finalmente no tuvo lugar. En cualquier parte del mundo, una traición monumental. Pero, ¿qué podía hacer? Había que ganar la elección. Las semanas pasaron, La Libertad Avanza asumió el poder y empezaron los problemas: un sector del gobierno comenzó a desplazar a Victoria Villarruel por completo de la mesa chica. ¿Quiénes estaban detrás? Karina Milei y Patricia Bullrich. Sobre Karina no hay mucho más que decir, sabiendo que no posee ningún tipo de formación o trabajo previo que justifique semejante fijación con Villarruel. Pero sobre Bullrich, sí. Y esas diferencias se retrotraen al origen histórico de cada una: Patricia tuvo sus comienzos en “la Juventud Peronista”, movimiento que acompañaba el accionar de entonces organizaciones terroristas como “Montoneros”. Su propuesta era simple: tomar por la fuerza el poder para implementar un sistema económico y social de corte socialista. ¿Y qué tiene que ver ese origen de Patricia con la historia de Victoria? El padre de Victoria era teniente coronel del Ejército Argentino, una de las fuerzas que durante los años 60, 70 y 80 luchó contra las agrupaciones terroristas que perpetraban actos violentos contra uniformados y civiles en todo nuestro territorio. ¿Qué tenía Victoria enfrente, pero a la vez cerca ahora? A una persona que indirectamente formó parte de la turbulenta y violenta historia que afectó a su familia y a su crecimiento personal. Dos luchas antagónicas, dos historias que desde el inicio estuvieron conectadas, pero enfrentadas. Patricia no hace gala de su pasado como montonera, pero sí hace gala de una personalidad confrontativa que busca “limitar los excesos del populismo”. Pero ahora, quien encarna un proyecto populista de otro color es ella, abanderándose y posicionándose casi como la segunda o tercera figura más importante del gobierno después de Milei. Entonces, ¿qué mejor oportunidad para desplazar y vaciar de poder a una mujer como Victoria, quien constantemente recuerda la oscura historia de la Argentina moderna? Tras haber desplazado a Villarruel de las áreas de Seguridad y Defensa, ahora, en su nuevo rol como senadora nacional, se asegura semana a semana el “marcarle la cancha” e “incomodar” con su presencia a la presidenta del Senado. Como si no fuera poco el tener que lidiar con una ignorante nata como Karina Milei, ahora la vicepresidenta se ve en la obligación de dialogar con una Bullrich altanera que busca “garantizar que los proyectos del presidente sigan su curso en la Cámara Alta”. Teniendo este contexto presente, podemos observar el tamaño del desafío al cual Victoria Villarruel se enfrenta. Pero esto no termina acá, sino que solo es la punta del iceberg.

Sabemos que en la política argentina hay enfrentamientos, hay disputas de poder, hay diferencias ideológicas y hay traiciones. Lo que no suele haber, al menos no con esta intensidad, es un proceso sistemático de desgaste contra la propia vicepresidenta por parte del mismo espacio que la llevó al poder. Desde el primer día de gobierno comenzó a verse una distancia que rápidamente se transformó en frialdad, luego en hostilidad y finalmente en ataques abiertos. No se trata solo de diferencias políticas. Se trata de un proceso sostenido de desacreditación pública que incluye destratos en actos oficiales, exclusiones de eventos institucionales, campañas digitales y acusaciones mediáticas graves. ¿Quién puede olvidar cuando el propio presidente de la Nación decidió no saludar a Villarruel en la Catedral de Buenos Aires, en plena cadena nacional? La imagen fue imposible de disimular: la vicepresidenta siendo ignorada en vivo, frente a cámaras, en un gesto que recuerda a los destratos de Cristina Kirchner a sus funcionarios rebeldes o cuando eligió no hacer el traspaso del bastón presidencial a Macri. En política, los símbolos pesan y, a veces, más que las acciones en sí. Ese gesto fue un mensaje. ¿Qué se estaba buscando transmitir? ¿Una señal para quién? ¿Una advertencia? ¿Un intento de disciplinamiento?

Los destratos no quedaron allí, sino que esos recursos comunicacionales pasaron a convertirse en auténticas acciones hostiles. En redes sociales comenzó una campaña sostenida contra la figura de la vice. Influencers libertarios y twitteros famosos impulsaron narrativas que la señalaban como desleal, ambiciosa o conspiradora. No eran críticas aisladas. Eran líneas repetidas, amplificadas y celebradas por sectores de la militancia digital libertaria. Emprendieron una feroz embestida para imponer un relato militante: el de “Victoria Villarruel es una traidora que busca hacerse del poder”. Se la acusó de querer “construir poder propio”, de estar “armando estructura paralela”, de recorrer el país con fines electorales. A día de hoy buscan instalar que las visitas hechas por Villarruel a 18 provincias no son parte de su rol institucional sino de una estrategia personalista. ¿Desde cuándo un vicepresidente no puede recorrer el país? ¿Desde cuándo fortalecer vínculos federales es sinónimo de conspiración? Villarruel visitó pueblos, ciudades, dialogó con sectores productivos, con comunidades religiosas, con dirigentes de distinto signo político, se sacó fotos con todos los dirigentes locales, sean afines u opositores. Pero algo que más incomodidad causa es que cada vez que la vicepresidenta llega a una provincia siempre es recibida con abrazos y saludos de parte de la gente. Las únicas veces que fue repudiada en persona fueron por fervientes militantes kirchneristas y, una vez, por un comunicador del conglomerado mediático mileísta, “La Derecha Diario”. Tras esas escenas, encuestadoras afines al gobierno comenzaron a dibujar sorpresivamente una supuesta baja en la imagen oficial de la vice, algo que por momentos parecía irrisorio, siendo que en sus visitas la gente demostraba lo contrario a lo que reflejaban las encuestas. Casualmente, muchas de estas encuestas hacían y hacen a día de hoy sus mediciones en los mismos días en que el gobierno lanza una nueva ola de ataques contra Villarruel. Curioso, ¿no?

A comienzos de 2024, un medio británico sugirió que Villarruel buscaba el poder directo y que se proyectaba como eventual reemplazo presidencial. Obviamente, esa nota fue utilizada por sectores internos del gobierno para reforzar la idea de que existía una “ambición golpista”. ¿De dónde salió esa información? Nadie sabe. Lo que sí quedó a las claras es el interés que hay de parte de grandes grupos políticos y económicos que no quieren ver a Villarruel hacerse de algún tipo de influencia política. ¿A qué responde esto? Aún lo desconocemos. Sí podemos afirmar que el fenómeno Milei no es solo algo local, y no me refiero a repercusión mediática, sino a notables grupos de peso internacional interesados en mantener a La Libertad Avanza en el poder. Cuando las operaciones empiezan a venir desde afuera de nuestras fronteras es cuando más hay que sospechar o, al menos, estar más atentos, ¿o no?

Uno de los momentos más desagradables y difamatorios contra Victoria Villarruel se dio en televisión, durante julio de 2025, cuando Eduardo Feinmann salió a vincular públicamente a Villarruel con una bestial golpiza sufrida por un organizador de “La Derecha Fest”, alegando que esa era “la principal teoría del Gobierno” y “la línea investigativa de la fiscalía”. Las semanas pasaron, la información nunca se confirmó y, por supuesto, Feinmann jamás salió a retractarse. Pero claro, ¿por qué lo haría? Si no era la primera ni la última vez que haría algo similar. Dos meses después salió a vincular a Villarruel con Diego Spagnuolo, acusado de cobrar coimas en la Agencia de Discapacidad y de destinarle un “3% a Karina Milei”. Esta vez utilizó imágenes de años anteriores para decir que “la acusación de presuntas coimas vinculadas a la hermana del presidente era posiblemente una operación planificada por la vice”. Siendo amigo personal y funcionario directo de Javier Milei, para Feinmann “Diego Spagnuolo tenía una relación más fluida con Villarruel que con el presidente”, o eso dio a entender. ¿Estamos de acuerdo en que la gravedad institucional de semejante acusación es enorme? No hubo pruebas presentadas ni confirmación judicial. El daño reputacional, sin embargo, quedó instalado. ¿Puede naturalizarse que se vincule a una vicepresidenta con hechos violentos sin respaldo judicial? Para Feinmann parece que sí.

Esta cantidad innumerable de acusaciones y difamaciones no hizo más que aumentar el hostigamiento en redes sociales. La militancia libertaria emprendió una misión de gran escala con el único objetivo de desgastar la imagen de la vicepresidenta. Memes, burlas, mensajes ofensivos, hashtags, imágenes con IA deformando el cuerpo de Villarruel: todo empezó a ser válido con tal de infligir daño. Pero ¿cómo estos ataques podrían tener tanta influencia sin un aparato mediático que los impulse y replique? Ahí es donde entra como protagonista el medio digital del español Javier Negre: “La Derecha Diario”. Cuando vieron el poder de viralización que podían ganar con semejante conglomerado digital, no dudaron en sumarse a esa ola algunos dirigentes y comunicadores del gobierno como Lilia Lemoine, Florencia Arietto, “El Gordo Dan” y Agustín Romo. Cada uno, desde sus lugares y con su propio séquito de militantes virtuales, garantiza a diario que cada ofensiva lanzada contra Villarruel llegue a destino y gane la mayor cantidad de reposteos en cada plataforma. ¿Quiénes no podían quedar afuera? Los impresentables, inmaduros, incels y sin talento de los tiktokers libertarios: “Marilú”, “Mate con Mote”, Mariano Pérez de “Breakpoint”, “Fran Fijap”, “Marco Palazzo” y todo un rejunte de jóvenes y pendeviejos que vieron en el espacio de Milei una oportunidad para monetizar —si es que no parasitar del Estado— a costa de operar constantemente a favor del gobierno. Y, por supuesto, uno de los blancos fijos es la vicepresidenta.

Dejando de lado lo mediático, otro eje de tensión comenzó a ser su identidad religiosa. Sí, así como lees. A día de hoy sigo sorprendido de semejante estupidez. Villarruel es católica practicante desde que nació y siempre ha mantenido una relación fluida con la Iglesia Católica, participando de eventos, misas y encuentros. Cuando se hizo de la presidencia del Senado, Victoria eligió abrir sus puertas a las autoridades de la Iglesia para que, como corresponde, tengan un lugar donde poder ser partícipes de la política oficial. Por algún motivo parece que una gran parte de la política olvida que en Argentina, según la Constitución Nacional, el Estado sostiene el culto católico. En un gobierno donde sectores libertarios sostienen una mirada fuertemente anticlerical, esa presencia se convirtió también en objeto de críticas. Asunto en el que Victoria embarca, asunto que se vuelve objetivo a destruir por parte del mileísmo.

A Victoria no solo la respalda su importante trabajo defendiendo víctimas del terrorismo, sino también su histórico activismo contra el kirchnerismo. Durante 2005 y 2006 participaba de marchas contra el entonces gobierno de Néstor Kirchner cuando el kirchnerismo intentaba imponer el relato victimista de ex guerrilleros que buscaban que el Estado les reconociera indemnizaciones por supuesta persecución política durante la dictadura. Cuando nadie se animaba a levantar la cabeza, ella estaba ahí. En 2015, cuando Mauricio Macri le disputaba la presidencia a Daniel Scioli, Victoria trabajaba como fiscal general en escuelas para garantizar un triunfo contra la dinastía kirchnerista. Uno de los gestos más fuertes presentados por Victoria, ya como vicepresidenta de la Nación, fue el del día en que visitó a Isabel Martínez de Perón y la reconoció como ex presidenta de la República Argentina, título histórico que Cristina Kirchner siempre se negó a reconocer, puesto que, al no haber sido electa directamente como presidenta, consideraba inexistente su rol para los libros.

Realmente son incontables los momentos en que Villarruel demostró no solo una coherencia ideológica, sino un activismo duro con tal de ponerle un freno al kirchnerismo. A pesar de esto, es a día de hoy que le llueven acusaciones de ser “kirchnerista” por el simple hecho de defender sus ideales, incluso si estos van en disonancia con los que profesa el mileísmo. Y ahí está el punto: no toleran que alguien no adhiera al discurso oficialista de destrucción del enemigo, de sumisión ante la mesa chica y de culto a un líder que mes a mes demuestra mayor debilidad.

Un punto que Milei y su hermana eligen olvidar es el del rol que tuvo la candidatura de Victoria en el balotaje de 2023. Su figura tuvo un peso decisivo para el electorado, ya que una parte significativa de los votantes de Patricia Bullrich desconfiaba de Milei, lo consideraba imprevisible o excesivamente confrontativo. En cambio, en Villarruel veían otro perfil: una dirigente más institucional, más sobria y más republicana. Para la mayoría fue un factor decisivo, y más aún cuando llegó el momento del debate televisivo contra el otro candidato a vice, Agustín Rossi. Un debate en vivo que dejó knock out al candidato K y que terminó de convencer a más de la mitad del país de que la fórmula protagonizada también por Villarruel era la más acertada para ese momento.

Entrado 2026, es claro que Victoria ya tomó una posición definitiva y es la de no dejar pasar las atrocidades de las que la acusan. Y no es para menos, si ahora vemos cada vez más cómo el gobierno toma como punto de contraste la confrontación con ella para tapar escándalos semanales respecto a la inflación o a causas judiciales desfavorables. La tensión social sigue en aumento porque los números no acompañan, y qué mejor idea que generar una cortina de humo para distraer a la sociedad de los puntos débiles del gobierno. Los medios ya hablan sin vueltas de “las ideas que rondan en la cabeza de la mesa chica” para “reemplazar a Villarruel en las próximas elecciones de 2027”. La presión sigue en aumento y las ganas de borrarla del mapa político, aún más. Afortunadamente vivimos en una época de conexión constante, donde podemos tener el foco puesto en quien queramos y, en este caso, podemos ser espectadores en primera fila de todo lo que sucede en un gobierno, sea desde el ángulo en que se lo mire.

Villarruel plantea la necesidad de abrir una etapa distinta para la Argentina, una donde se encuentren puntos en común entre espacios enfrentados para empujar en una misma dirección. No habla de uniformidad ideológica, sino de mínimos acuerdos básicos que permitan estabilidad, previsibilidad y cohesión social. En contraste, la confrontación permanente, el tono incendiario y la lógica de enemigo constante que caracteriza a Milei están generando una erosión visible de los valores éticos y morales que deberían sostener a cualquier sociedad más allá de las banderas partidarias. La acumulación de negatividad, de peleas ideológicas interminables y de fracasos políticos repetidos en los últimos gobiernos ha dejado a la sociedad argentina en un estado de fatiga emocional evidente, con niveles crecientes de malestar psicológico, ansiedad y adicciones que no pueden desligarse del clima público permanente de conflicto. En ese contexto, la figura que proponga calma, institucionalidad y acuerdos puede transformarse no solo en una opción política, sino en una necesidad histórica. Y tal vez allí resida el verdadero temor: que la alternativa no surja de la ruptura, sino de la responsabilidad.